Posteado por: JLeoncioG | 14 mayo, 2012

Cuba a la deriva

Por Leoncio González

 

El navegante dormido
Abilio Estévez
Tusquets Editores
Barcelona, 2008
377 páginas.

Abilio Estévez ha escrito otra pata de su saga cubana iniciada con  Tuyo es el reino  y continuada con Los palacios distantes. Se trata de una novela donde la historia reciente de Cuba, y de sus gentes (víctimas o verdugos de su propio país), es la principal protagonista. Estévez usa un recurso literario clásico: los personajes de una familia, cada uno con sus circunstancias, son la voz para narrar las vicisitudes, muchas, demasiadas quizás, de un pueblo que ha pasado en un siglo por la independencia de la metrópoli española, la dictadura de Machado primero y de Batista después y la posterior y eterna de Fidel Castro.

Los personajes de El navegante dormido son miembros de un mismo clan, recluidos en el reducto obligatorio de un chalet en la orilla de cualquier playa cubana. Presos, por la inminente amenaza de un ciclón, pasan revista detalladamente a la vida, que ellos mismos y sus antepasados, han ‘sobrevivido’ durante el último siglo. Estévez es pesimista en su discurso, su novela está cargada de una negatividad tras la que no se percibe ni un solo rayo de luz. La obra se desarrolla en los años setenta, y está repleta de flash-backs a épocas, quizás mejores, en las que la prosperidad (¿ficticia?) introducida por el capitalismo norteamericano en la isla marcaba la pauta de los movimientos de los cubanos.

Cada personaje de esta narración es un mundo complejo entre los que pululan historias de amor, sentimientos de incomprensión, fugas, homosexualismo, incesto, vanidades, fuegos, tormentas, vientos, hambre, suciedad y anhelos, muchos anhelos. Tras todo ello, la voz omnisciente de un narrador pondrá en boca de una de las protagonistas el propio curso de la novela: la más pequeña de la saga, Valeria, desde una ventana sobre el Upper Side West, a salvo de Cuba en  Nueva York, se dispone a escribir el relato de su propia familia.

Estévez abusa de una retórica enmarañada para una tragedia demasiado complicada, tras la que se atisba un odio visceral a las dictaduras, a las imposiciones políticas, morales, sexuales y deja entrever un resquemor evidente al régimen castrista y a sus acólitos –destacable la sátira que hace de una famosa canción de Silvio Rodríguez.

Por eso, detrás de todas estas páginas, además de una novela, más o menos intensa (quizás demasiado para quien esto suscribe, por la profusión de personajes, por su carácter fragmentado, por su extensión) existe un pre-texto, que va más allá y que sirve para plantear el análisis de una sociedad en perpetua búsqueda, navegando, dormida o no, hacia puertos más estables.

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