Posteado por: JLeoncioG | 23 abril, 2012

Las noches de los libros

‘Las mil y una noches’
Editorial Planeta
Traducción y edición de Juan Vernet

 

 

Hay libros que nos caen en las manos, los leemos, y acto seguido – el material impreso ya convertido en material psíquico -, lo archivamos en algún lugar recóndito de nuestra mente y ahí lo olvidamos por los días de los días. Hay libros que ni siquiera guardamos en nuestras estanterías porque nos quitan un espacio vital, el lugar donde podemos colocar cualquier otra cosa de distinto valor. Hay libros que no somos capaces de terminar de leer, que comenzamos y nos hundimos en sus historias y que luego quedan inconclusas para la eternidad. Algún día recordaremos esas novelas y no sabremos si fueron parte de nuestra propia vida o de la de otros.
Pero también hay libros que no podemos dejar de leer, una y otra vez. Que les cogemos un cariño especial y guardamos en el mejor lugar de la casa, al lado de nuestros bienes más preciados y junto a nuestras inquietudes más recurrentes. Y lo hacemos porque sus páginas nos han brindado algo especial. En esa lista cada uno va apuntando los títulos que al fin y al cabo serán el leit motifde muchas de las actitudes frente a la vida y al hecho estético.

 

Esa nómina en algunos casos será extremadamente larga, y en otros se reduce a uno o dos títulos. Por eso quisiéramos recomendar para ese quórum de letras impresas al que le tenemos especial cariño los dos tomos de Las mil y una noches. Parece perogrullada esta recomendación, ¿quién no conoce esta inmensa obra de la literatura universal?  Sin embargo, este conocimiento se reduce, la mayoría de las veces, a un recuerdo infantil, o a la evocación de alguna película de los cincuenta.
Hagamos un experimento: Compren Las mil y una noches, colóquenlo en la mesilla junto a la cama, y si llegan tristes, demasiado cansados para poder dormir o agobiados por una jornada de trabajo excesiva, no enciendan la tele, abran el libro que les recomendamos por cualquier parte, por cualquier capítulo y lean algunas páginas, no muchas, las justas para que el sueño reparador, como un suave aroma de oriente, entre por ellas.

Mañana, u otro día,  proseguirá la lectura (si apetece, sin pretender llegar al final, porque éste casi no existe). Y así sabrán que siempre estarán estas bellísimas páginas ahí al lado del sueño, para echarnos una mano. Pruébenlo, se sorprenderán.

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